
La ausencia suele ser un tema recurrente en la fotografía, directa o indirectamente. Normalmente siempre esconde rastros de carencia, de tristeza y de melancolía. La ausencia como liberación de la presencia y la ausencia como un sentimiento vivido sin más, no suelen tratarse fotográficamente.
La ausencia de rastro humano inquieta, desnaturaliza falsamente el espacio. Pero ¿por qué debe el hombre dar sentido a los lugares? ¿No es precisamente su falta, su carencia, la que permite a esos lugares mostrarse en realidad como son, liberarse al fin?
Algunas fotografías no nos pertenecen, tan solo el azar o quizá el destino, si es que existe, nos coloca ante el hecho, el instante, el lugar.... No nos son pues, inherentes y cualquiera podría captarlos. No somos más que espectadores casuales y afortunados. Cazadores de atmósferas...
La ausencia no siempre es olvido cuando no implica una carencia. La ausencia es libertad cuando permite recrearse en ella. La ausencia sigue aún cuando no estemos, por lo que no es necesaria una presencia que note esa ausencia, una vez más somos prescindibles a ella, que sigue sin nosotros.
La ausencia persiste a pesar de nuestra ausencia.
Pero también vivir la ausencia presupone un acto de valentía, de coraje, por cuanto tiene de entrega a la melancolía, al recuerdo, a veces incluso a la esperanza del retorno.
La ausencia sin concreción, la ausencia sin consistencia, es otro tipo de ausencia. No hay hechos, no hay no presencias, es tan solo un sentimiento.
Yo no estoy en las fotografías que hago, pero estoy.
Yo veo mi propia ausencia en mis imágenes.
A veces estoy ausente.
Y es cuando más ausente estoy, cuando más presente me siento en mi propia vida.
Olga

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